Mármol cristalino

Estaba tan triste en ese momento que no te imaginas, estaba tan enojada contigo, tan terriblemente angustiada... Cuando comenzaste, iba a romper a llorar, no sé si lo notaste.
Entonces te sentaste y dejaste de mirarme, entonces la música brotaba de tus dedos como las lágrimas deberían haber escapado de mis ojos, tus manos como pájaros eran casi una caricia para mi alma.
Y entonces te odié profundamente, me di cuenta cuán frágil era mi persona a tu lado.
Mi corazón marmóreo, vuelto de cristal.

Humaredas

Entre el humo se esboza tu rostro geométrico
se dibuja tu boca entreabierta como queriendo decir algo
no diciendo nada
Te preguntas qué pregunto,
que intento descubrir entre tus pestañas oscuras...
No quiero descubrir nada, he descubierto demasiado...
Debería haberte dejado perdido en el humo.






En el fondo de tus ojos rojos veo mis ojos.

Añilismos melancólicos

El azul es un color triste.
-El cielo entero-
                                  el mar, 
la inmensidad de los ojos 
       ojos azules
(sin ser azules, a veces lo son, dentro)

Las lágrimas,
                   lá
                          gri
                                mas
también son azuladas
en su transparencia
en su diáfana brevedad
[b r e v e s  y  e t e r n a s]

El árbol está destrozado
no sé por qué
(¿un amor, un ave que nunca regresó?)
sé que llora
porque sus hojas
                          ho
                      jas
                              ho
                        jas
c
  a
   e
    n

se descuelgan, azules, mustias
mueren en la tierra infinita.

El azul es un color triste.

Una cosa que quede clara entre nosotros: yo te amo.
Te amo con una locura desesperada y una desesperanza absoluta, como se ama lo que se sabe fugaz, efímero y precario. Como se ama lo que está pronto a morir.
Del mismo modo, no te necesito. En este momento pareciera que sí, y cuando sonríes se me ilumina la vida, pero eso es un detalle, pues cuando ya no se tiene ni a uno mismo, todo lo demás es insignificante, tú te irás, como se ha ido todo lo demás.
Esto lo escribo sólo con el objetivo de dejarte en claro que no te seguiré al fin del mundo, que si te decides a olvidarme, yo me decido a olvidarte, pero si me dices que te quedarás, yo me quedo contigo.
La decisión es totalmente tuya, mon chéri, así que elige sabiamente.

-

Ah, la remembranza de ese tiempo en que me bastaba tu risa para calmarme y respirar. Me enlazaba a tu cuello, nos abrazábamos y pasábamos así tardes, días enteros. No hablábamos, no hacía falta, el latido de tu corazón era suficiente. Eras la única persona que me hacía sentir que no importaba la mierda de afuera mientras estuvieses aquí, lo único que realmente importaba era tu pecho en mi pecho y mi boca en tu cuello, tus brazos en mi espalda.
Ahora que todo es más intenso, ahora que me muerdes la boca y yo suspiro en tu oído, ya no es lo mismo. No haces ninguna diferencia en mi vida, si estás o no estás es indiferente para mí. Cuando me abrazas sólo siento un vacío, una pensamiento fugaz de que debería estar sintiendo algo diferente y más profundo que lo que siento. No siento nada. 
Esto, lógicamente, no es en sí mismo algo malo. Es lo que yo quería, logré mi puto objetivo: no me importas. Lo terrible es que ahora que no tengo nada dentro de mí, que mi mente es un hervidero de pensamientos contradictorios que mueren a cada instante, ahora que estoy desesperada, no te tengo. La calma que me dabas antes, ya no me la das. Eres sólo otro pedazo insignificante de toda esta mierda. 

Diría que te extraño, pero la verdad es que me extraño a mí misma.


Pieles



Hoy, al apoyar la frente en mis rodillas, encontré tu olor en mi pecho, como si estuvieses anclado a mis entrañas, mezclado con mi piel.
Es extraño.

Vacío

Anoche lloré horas, hasta que la masa de mis entrañas desapareció, y dio paso a la nada.
Ya no tengo miedo, porque no tengo nada que perder. 


(Por un lado es bueno no tener miedo, a pesar de que la soledad del vacío mismo acabará por matarme)

Nudos

Es curiosa esta parte de la/las vida/vidas. Estoy, ciertamente, pesarosa y taciturna, y al mismo tiempo tengo un regocijo contenido en mis entrañas. Me siento un poco bien y un poco infame, un poco aquí y un poco allá. Como si desde mis ojos mirasen dos, tres, mil personas diferentes, todas iguales y horriblemente diferentes a la vez.
La mejor manera que encuentro para explicarlo es que tengo una multitud de personas vociferando dentro de mi pecho. No oigo a ninguna en particular, no puedo, sólo oigo el lacónico estruendo de las voces golpeadas y airosas. No son yo, y al mismo tiempo sí lo son, todas igual de reales y rotas, todas siendo yo al mismo tiempo. 

No sé quién soy yo.

Soy yo y mi lunar bajo el pecho izquierdo, yo y mi pelo desgarbado, yo y mi piel pálida. Pero más allá de eso, ¿quién soy yo? 

Soy todo y soy nada. Soy toda esa gente que siento gemir desde lo hondo de mis entrañas, sin ser ninguna en particular. Yo no existo propiamente tal, tal vez nunca fui, tal vez me perdí, tal vez morí. No sé cómo más explicar esto.

(Gracioso es que me corren las lágrimas y no sé por qué, casi como si hubiese muerto algo o alguien se hubiese ido).



Aronde de mon âme

     Mi pequeña golondrina, sobreviviste a mi arremetida de odio, tú, que eres tan frágil y tan triste...
    Te odié por haberte olvidado de mí y de todo lo que cantabas en tu vuelo, no porque me importase que tu cuerpo de ébano azulado fuese mío, sino porque perdí tu alma escueta sin saberlo.
No me gusta perder, mucho menos cuando no está en mis planes. (Las cadenas oxidadas que te ataban a mí acabaron por deshacerse).

    Vuelves como tus congéneres alados en primavera, trinando otra vez a mi cuerpo quebradizo, planeando a la recóndita y temblorosa médula de mi sentir más oscuro y deleznable. Sigo odiándote, pero me niego a perder otra vez. Te dejo libre, ¡vete! Agito las manos en ademán de desprecio para espantarte, pero tú, obstinada golondrina, me arrullas aún.
    Me aturde profundamente, vencejo de mis cielos, el hecho de que no te ahogaste en la verborrea ignominiosa que vertí desde lo hondo de mis entrañas hasta tu boca de pájaro. Píaste (me atrevería a decir que sonreíste) y en magnánimo gesto amaste otra vez mis fauces sobrecogidas, como si aquellas torvas palabras nunca hubiesen existido.

¿Sabes cuál es el problema, golondrina de mi alma? Cuando derramas la odiosa hiel, queda sólo un dulce vacío (se llama amor, dice la gente), y ahora resulta que eres mis alas color turquí y el hierro pesado que me enjaula; eres el gorjeo que me llena de dicha y que no me deja yacer en paz.

Mi corazón vuela atado a tus alas etéreas, aronde de mon âme, atado a tu sutil espinazo y sujeto a tu más leve capricho, feneciendo en el glacial índigo del firmamento. 



(¿Te amo?)



(Las golondrinas están ausentes todo el invierno, pero siempre retornan en la primavera)

Bésame con el aura tibia de tus ojos
               t  u  s    o  j  o  s
                         ventanas
                               hielos
                                 mareas

                      Apriétame entre tus brazos,
            haz que deje de extrañarte,
                        haz que te aborrezca
             haz que te odie
Muérdeme la boca con violencia
              con furia sorda
            con dolor
          con ira

Grítame cuánto me odias
        cuán patética soy
               cuán triste

dilo

"p  a  t  é  t  i  c  a"

Dilo, 
           para que pueda odiarte
  para no odiarme
                      victimizarme

        Ven y dímelo
            ven
           v  e  n 


(abrázame, tengo miedo)

Vueltas de la vida.

Curiosas son las vueltas que da la vida. De algún modo siempre supe que no habías muerto enteramente, y que bastaba un soplo de tu voz para levantarte del sepulcro precario de mi mente. Ganaste una vez, y ganarás de nuevo seguramente, pero aun no, sigamos jugando mientras el alma me dure, mientras siga odiándome a mí misma no habrá problema alguno, sigamos jugando. Es divertido, son graciosas las vueltas que da la vida.

P.S.: Te amo eternamente y te odio profundamente, ambos sentimientos totalmente reales y abrumadores.

Mentí.

Dije que no te escribiría más, y estoy escribiéndote.
Dije que no te pensaría más, y estoy pensándote.
Dije que no te amaría más, y estoy amándote.

Azahares.

     Cuando decidí hacer como que no existías, fue porque te amaba demasiado. Más que a mí misma, y eso era obviamente un problema, una vulnerabilidad, un punto débil: mi talón de Aquiles. Por eso te cercené, te maté y tus restos los puse en una cripta lúgubre en un rincón de mi mente, rincón en el que, a pesar de las arañas y la humedad, siempre dejaba un pequeño azahar (una flor casi imperceptible, un pedacito de lo que solía sentir, que perfumaba el lugar con su aliento de limón) y un atadito con las palabras dichas, para que cuando la nostalgia me acosara, yo pudiese darle de comer letras hermosas y trozos de sentimientos que ya no recuerdo, y así mantenerla lejos de mi alma. Y la melancolía era feliz con ello, no parecía necesitar más, se regodeaba sabiendo que lo que devoraba ávidamente eran trocitos de mi alma, no deseados, pero no por ello menos queridos. Cuando acabó con todo lo que yo puse a su disposición, se quejó y rugió desde lo profundo. Me di cuenta demasiado tarde (aunque no fue del todo malo) de que la cruel pesadumbre estaba ansiosa de recuerdos que fagocitar, y comenzó por lo más cercano a tu mausoleo: mis entrañas. El azahar se pudrió.
     Cuando te reviví de mi tumba de papeles rotos, lo hice porque de verdad ya no tenía sentido, porque cuando la añoranza consumió todo, sólo quedó tu sepulcro y encima el azahar prohibido, todo lo demás fue arrasado y ya no lo recuerdo. Muy a deshora descubrí que inevitablemente existías tú, tu puta mirada y tus rulitos, y decidí aceptarlo, refugiarme en ello, eras lo único que sobrevivió al huracán. Al fin y al cabo te quiero, y te quise mucho más que ahora, creo que por eso siento escalofríos al recordar tu risa. En fin, decidí aceptar, aparentemente con pesar, pero sinceramente con sana alegría, la parte de mí que eras tú. Que eres tú. Luego te maté de nuevo, pero eso no viene a cuento.
     Ahora es diferente. Yo te asesiné, pero guardé tu sonrisa y el azahar podrido en una jarra de cristal. Allí los veo, sobre el piano gastado y muerto, junto a un par de rosas secas, y los ecos resuenan como dagas en la habitación oscura y polvorienta. Es sumamente triste, porque no puedo salir de aquí: es mi propio ataúd. Yo te asesiné primero, pero tu mano apretaba una navaja brillante en ese momento, y no supe verlo. Cuando te hice resurgir de entre mis pensamientos, tú me inmolaste en el mismo instante, y no te culpo, fue sorpresivo. Pero tú no guardaste nada, ni siquiera una puta flor olvidada en algún lugar, lo sé. Siempre fuiste más fuerte que yo en ese sentido, tú fuiste capaz de incinerarlo todo, a pesar de amarme, y eso está bien, yo ya me recompondré y no quedarán ni cenizas de mí en tu aire. Pero yo, siempre un poco más tonta, conservo el azahar. Creo que sabías que lo haría, era bastante obvio.
     Adiós, ahora en serio, ahora para siempre.
     (Soy un muerto sin nombre, sin lápida, sin corazón.)
   

Zapato de tacón.

Mi mamá y sus zapatos de tacón.
Es como si la viese venir, otra vez,
con una falda negra, la chaqueta de hombros anchos,
la blusa roja, los zapatos taco aguja
tan inciertos, tan endebles.
Como si caminase sonriendo hacia mí,
con los labios pintados de rojo
y los ojos brillantes.
Y ya ni siquiera recuerdo su voz, 
pero el taconeo de sus zapatos lo conservo
y me da una sensación de nostalgia
de vacío
de alegrías pasadas. 
Porque se fue sin avisar,
sin decir adiós,
sin siquiera una lágrima,
y lo único que me quedó
fueron los zapatos de tacón alejándose...
(toc, toc, toc, toc)
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